Ideas on paper

Thoughts by José Luis Agell

Admiro a los buenos oradores

Los que me conocéis, sabéis que tengo una debilidad especial por las conferencias y los coloquios. Para mi son una gran fuente de información y de creación de opinión. Admiro a los que disponen del don de la sabiduría, a los duchos en cualquier materia, a los expertos. Pero, ante todo, admiro a los que poseen el don de la oratoria.

En la primera intervención de mi “Diario de un viajero” hablaba de la conferencia de Guy Kawasaki. El Señor Kawasaki es una eminecia en el Silicon Valley, se le considera un gurú de la emprendiduría y sus libros son referencia constante en las conversaciones de negocios. Es un experto. Pero lo que me gustó más de su conferencia fue su arte de encandilar, de persuadir y de convencer al auditorio con sus palabras; palabras que, como dije, podían sonar reiterativas o incluso evidentes.

La oratoria es un arte muy complejo. Quizá por eso admiro tanto a los que lo poseen.

No se trata de usar discursos rimbombantes, cargados de hipercultismos. Se trata de usar un vocabulario conciso, adecuado a la audiencia y al contexto, del buen manejo de los sinónimos y de los tecnicismos.

Se trata de controlar el volumen de la voz, de no caer en la cansina monotonía. De interaccionar con la audiencia, a través de las miradas, de los silencios y de las preguntas retóricas. Los buenos oradores se esmeran por dar vida a sus discursos con la entonación y la expresión de su cuerpo. Y es admirable como llegan a un equilibrio en que todo su cuerpo, especialmente manos y rostro, baila al unísono.

No creo que la prolijidad del buen decir sea un atributo exclusivo de los de letras. Pero sí creo que suele ir de la mano del amor a la lectura y del arte de escuchar. Por lo menos, así han sido los buenos oradores que he tenido el placer de conocer: inquietos lectores y excelentes interlocutores.

Afortunadamente, el arte del hablar en público se trabaja. Está claro que hay herramientas innatas, como el timbre de la voz. Pero el control de la misma y el impacto que puede provocar en los oyentes se puede perfeccionar con la práctica. Dicen que Demóstenes, uno de los grandes oradores de la antigüedad, no podía pronunciar correctamente la erre y decidió vencer su imperfección colocándose piedras en la boca y practicando la dicción.

Curioso ejemplo para los que podemos mejorar.

¿Qué buenos oradores conocéis?

 

One response to “Admiro a los buenos oradores

  1. jlagell February 5, 2009 at 1:29 pm

    Olvidé mencionar un elemento importantísimo: el tan necesario sentido del humor en los discursos. ¡Gracias tía Lis!

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